Veranos que no Olvidaremos - por Gonçal Évole senior

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¡Vaya con los últimos veranitos que nos ha tocado vivir! La tranquilidad de las siestas, el sosiego de las buenas lecturas pendientes, las caminatas cuando el sol decide ponerse el pijama lenta y solemnemente, todo este mundo idílico parece sufrir de un pandemónium de aquí te espero. Propiamente parece que estén esperando el mes de agosto, que antes arrastraba una pesada –y deseada- monotonía, para soltar de golpe todas las tensiones acumuladas y fastidiarnos los ansiados días de relax. Amigo lector, si es que tengo alguno: si prefieres que nada interrumpa tu merecido “stan-bay”, no sigas leyendo y aquí paz y después gloria. Pero todo este preámbulo casi me lleva a añorar aquellos finales de los 50 y década de los 60 en que, como diría Juan Antonio Bardem, “nunca pasaba nada”. Llegaba el 16 de julio y aparecía a toda plana en las páginas de La Vanguardia y ABC la figura de doña Carmen Polo, más conocida como “Carmen Collares” y dos días después en la Granja de San Ildefonso, su marido el Generalísimo, celebraba su habitual recepción de despedida de curso conmemorando el Alzamiento del Glorioso Movimiento Nacional. Imaginémonos ahora la trompetería triunfal del NO-DO preludio para que la voz engolada de Matías Prats (padre) anunciara: “Su Excelencia el Generalísimo llega al Pazo de Meirás para iniciar su merecido descanso que alternará con sus días de pesca y sus paseos a bordo del Azor…” Y allí acababa todo. Le gente obrera apuraba al máximo sus ¡OCHO! días de vacaciones que les permitía la ínfima paga del 18 de julio. Después el país quedaba sumido en un silencio sepulcral, en su “paz de los cementerios”. En la pantalla aparecía el “pollo” y detrás la leyenda “El mundo entero al alcance de los españoles”. Se apagaban las luces y empezaba la doble sesión de cine. Nostalgias de un irredento.

Pero ahora no. En los tiempos que corren parece que agosto entra en “tránsito” como Santa Teresa -“¡vivo, sin vivir en mi!- y cuando no son unos terroristas que se dan un paseo macabro por las ramblas barcelonesas son los “indepes”, ANC y Onmium, anunciando “Fem la república catalana” y al siguiente “Objectiu: independencia”. Este agosto como si tuviera prisa en adquirir protagonismo, la tarde del día 3 nos anuncian, como quien no quiere la cosa, que el Emérito se convierte en el enésimo Borbón que toma el camino del exilio para no ser menos que sus antepasados. En cuarenta años de reinado no ha tenido tiempo de leerse la Historia con mayúscula para aprendérsela y sacar la conclusión de que tiene una condenada propensión a repetirse. Pero no es este el camino que quiero transitar.

Al día siguiente, sesudos editoriales, resúmenes biográficos, hagiografías, recuerdos de noches históricas, transiciones ejemplares y un largo etcétera. Quisiera recalcar que todos los análisis que he leído hoy se olvidan de tres personajes importantes, imprescindibles en la vida del Rey Emérito. Los cito por orden de importancia: Don Nicolás Cotoner y Cotoner, marqués de Mondéjar que lo tenía a pan y cuchillo y le daba en días señaldos 5 pesetas para que se comprara “chuches”. El otro fue don Sabino Fernández Campo, conde de Latores que, en diferentes épocas fueron los llamados “Jefes de la Casa Real” y que con su paciencia y saber hacer, aconsejaron a don Juan Carlos, que las “compañías” que se buscaba en sus correrías, no eran las más adecuadas. Desaparecidas estas dos personalidades, el hoy Rey exiliado, perdió el norte y le salió el Borbón que siempre habitó en él. Hace días que ha “desaparecido” del Palacio de la Zarzuela y nadie sabe por donde anda. Ya no tiene por qué escuchar los sabios y atinados consejos de sus preceptores. Pensemos que a don Sabino Fernández Campo, se le atribuye la célebre frase “Ni está ni se le espera”, en la histórica y enigmática noche del 23 de febrero de 1981, refiriéndose a la no presencia de Alfonso Armada a requerimiento del general Juste al mando de la División Acorazada Brunete. ¿Qué papel jugó don Sabino en aquella agitada noche? Misterio. Nunca lo sabremos. Y el tercer personaje al que me refiero, merece párrafo aparte: la Reina doña Sofía, de la que parece que todo el mundo se ha olvidado. Ha sido siempre un ejemplo de discreción, de saber estar, de aguantar desplantes, -por decirlo suavemente- con una elegancia ejemplar y quizás, con ese temple de las grandes mujeres, ha salvado la monarquía. No hace falta ser un lince para presentir la gran influencia que ha ejercido y ejerce sobre su hijo el hoy rey Felipe VI. ¡Quién sabe qué conversaciones privadas habrán mantenido madre e hijo, para tomar decisiones dolorosas pero necesarias para salvar la Institución, cuando ya la situación se ha hecho insostenible!. No se ha movido del palacio de La Zarzuela, permaneciendo al lado del Rey. Para nada ha aparecido en los medios y de sus labios no ha salido un palabra, sufriendo en silencio lo que no está escrito pero preparando con perseverancia la solución a lo que se veía venir a raíz de informaciones cada vez más contundentes y de una veracidad incontestable. Pero su hijo es su hijo y no sería la primera vez en la historia -ni será la última- que una mujer con sus silencios y buen hacer se erige en protagonista eficaz y anónimo que maquille una historia que, al parecer aun no ha escrito su último capítulo. A buen seguro la Reina Sofía nunca ha olvidado la traumática salida de su familia en Grecia. Ella, mujer de una cultura extraordinaria, si que ha leído historia, la ha aprendido y retenido en su memoria privilegiada y no está dispuesta a repetir el mismo trance. Pero este agosto pandémico que promete emociones fuertes, no ha hecho más que empezar.

– Gonçal Évole